El acoso
entre adolescentes
El autor rechaza las lecturas simplistas
que solo buscan encontrar culpables
Defiende el estudio serio del problema y
la colaboración estrecha entre escuela y familia
Siempre ha existido el acoso de niños y adolescentes fuera y dentro de las
escuelas. No se llamaba bullying (rechazo esa tendencia
absurda a denominar todo acto social en lengua inglesa), sino acoso, pelea,
agresión, confrontación, abuso, etcétera. Todos recordamos alguno o varios
casos en nuestro recorrido educativo, pero no se hablaba ni se escribía sobre
ello y lo que es peor no era tanta la agresividad que se abocaba. ¿Qué ha
cambiado para que hayan, muchas denuncias y una conmoción social y mediática
sobre el tema?
La conflictividad escolar es una de esas noticias que alerta a la opinión
pública que, al ser una cuestión identificable en uno mismo, vive pendiente de
las opiniones de expertos y comentaristas, y también de familiares e
implicados. Y no siempre es posible coincidir con sus apreciaciones ya que,
aunque toda visión de la realidad es parcial, ciertas opiniones se centran en
la búsqueda de un culpable o culpables más que en analizar la complejidad de un
hecho tan dramático. Como si denunciando esa culpabilidad en los medios de
comunicación hubieran cumplido con su misión informativa; y que se ocupen otros
después de poner remedio.
Los argumentos de la mayoría de analistas se decantaban hacia dos
principales motivos: el profesorado no cumple con sus obligaciones, y entre los
adolescentes están aumentando los trastornos del comportamiento o de la
conducta hasta alcanzar niveles patológicos.
Son dos argumentos directos y simplistas para los que, consecuentemente,
tienen solución quienes los exponen. Una solución pasa por la formación del
profesorado ya que al parecer el profesorado no está preparado para afrontar
las nuevas realidades en las que se mueve la adolescencia; la otra solución es
introducir un nuevo tipo de profesional en los institutos o que los
adolescentes pasen revisiones sanitarias (físicas y mentales) más constantes.
Con un buen diagnóstico y una buena terapia –defienden esos análisis-
evitaremos otras agresiones. No niego que esas actuaciones puedan paliar algo,
que sean eficaces en situaciones episódicas, pero no son la solución a la
desavenencia radical entre lo que sucede en los institutos y la experiencia
vital de los adolescentes en sus relaciones entre sí, con sus familias y con su
entorno social.
No he oído voces, o son muy discretas, que hayan insistido en un aspecto
fundamental como es el análisis del contexto donde se desenvuelven esos
adolescentes. Entendamos aquí como contexto las relaciones familiares, las
relaciones entre colegas, la influencia de los valores televisivos, las nuevas
formas de comunicar, los códigos de conducta implícitos en los videojuegos, la
cultura de cibercafé o del botellón, etcétera, y tantos otros factores que
influyen en la socialización de los adolescentes mucho más que el sistema
educativo. Hace tiempo que reclamamos la necesidad de contar con el entorno,
con todos los agentes sociales que intervienen en él, o poco puede hacer un
profesorado que intenta suplir con su esfuerzo la dejación de responsabilidad
de otras instituciones.
Sería interesante tener acceso a los análisis de la personalidad y de la
conducta de los causantes directos de las agresiones, saber cómo están de amor,
de cariño, de afectividad, de emociones, de actitudes respecto a los demás (y
incluyo aquí a sus progenitores); en el otro lado de la balanza pondríamos su
nivel de agresividad, de individualidad a ultranza, de competitividad inútil,
de incomunicación... En fin, sería interesante disponer de una valoración de
los patrones culturales que han integrado (que les hemos inoculado).
Ayudemos a los adolescentes y ayudemos al profesorado, establezcamos
complicidad social con la educación; que de verdad sea una prioridad política.
O nos ponemos de acuerdo o veremos aumentar las agresiones y la noticia dejará
de ser un caso aislado y anecdótico.
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